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Dejarse ayudar

Posted by admin on Saturday, 24 April, 2010

La ballena Salomé era grande, y solitaria, muy solitaria. Hacía años que no quería saber nada de nadie, y cada vez se le notaba más tristona. En cuanto alguien trataba de acercarse y animarla, Salomé le daba la espalda. Muchos pensaban que era una ballena desagradable y dejaron de hacerle caso, a pesar de que la vieja Mina, una tortuga marina de más de cien años, contaba que siempre fue una ballena buena y bondadosa.

Un día, Dido, un joven delfín, escuchó aquella historia, y decidió seguir a Salomé secretamente. La descubrió golpeándose la boca contra las rocas, arriesgándose frente a las grandes olas en la costa y comiendo arena en el fondo del mar. Nadie lo sabía, pero Salomé tenía un mal aliento terrible porque un pez había quedado atrapado en su boca, y esto la avergonzaba tanto que no se atrevía a hablar con nadie.

Cuando Dido se dio cuenta de aquello, le ofreció su ayuda, pero Salomé no quería apestarle con su mal aliento ni que nadie se enterara.

- No quiero que piensen que tengo mal aliento -decía Salomé.
- ¿Por eso llevas apartada de todos tanto tiempo? -respondió Dido, sin poder creerlo.- Pues ahora no piensan que tengas mal aliento; ahora piensan que eres desagradable, injusta, desagradecida, y que odias a quien te quiere ayudar. ¿Crees que es mejor así?

Entonces Salomé comprendió que su orgullo y el no dejarse ayudar, le había creado un problema todavía mayor. Arrepentida, pidió ayuda a Mina para deshacerse de los restos del pez, y volvió a hablar con todos, aunque tuvo que hacer un gran esfuerzo para ser aceptada de nuevo por sus amigos, y decidió que nunca más rechazaría su ayuda, por muy mal que estuviese.

Inutilidad, impotencia, incapacidad, ineficacia, incompetencia. Cuando te encuentras con alguien que no se deja ayudar. Que comete el dañino error de encerrarse en sí mismo. Que es tan orgulloso que se empeña en rumiar pesadamente en soledad la carga que sería más llevadera entre dos. Que descarga su rabia contra ti.

Miserable

Posted by admin on Thursday, 4 March, 2010

Imagen1

De pronto se sentía incierta, desplazada, miserable.

Caminó ávidamente en busca de los muelles, del puerto donde encontrar al menos, en el olor del mar y el chapoteo del agua bajo los cascos de hierro, el consuelo de lo familiar; y tardó un rato en caer en la cuenta, cuando se detuvo indecisa en la plaza de la Cibeles sin saber qué dirección tomar, que aquella cuidad grande y ruidosa no tenía puerto…

La Carta Esférica, Arturo Pérez Reverte.