Muchas veces hacemos daño a las personas que nos rodean de manera consciente o inconsciente. Herimos sus sentimientos, decimos palabras hirientes, mentimos, hablamos sin pensar y hacemos cosas que dejan su “espinita”.
Hace años, una amiga me contó un cuento que me hizo entender el perdón a la perfección. Cada vez que lastimamos a alguien, hundimos un clavo en su “puerta”. Ofensa tras ofensa, vamos llenando su puerta de clavos, de manera que los clavos anteriores van quedando atrás, se “acostumbra” a ellos; mientras que los “nuevos” clavos se convierten en cruciales ofensas que vuelven dañar. Así, poco a poco, el dueño de la puerta va olvidando los primeros clavos, que aún siguen ahí latentes, feos y corrosivos. Pues bien, pedir perdón sería quitar esos clavos. Retirar las ofensas. ¿Qué ocurre entonces? Los clavos dejan residuos en la puerta, la marca queda ahí. La gracia entonces es no sólo retirarlos sino intentar reparar el daño. Arrepentirse de las ofensas e intentar tapar los agujeritos, lijar la puerta y proponerse no volver a clavar otro. Solo así el perdón será completo.
Para algunos, pedir perdón no es un acto sencillo, a veces cuesta aceptar o reconocer que uno ha obrado de mala manera y se siente arrepentido. Pero tampoco es fácil para la persona afectada obviar el daño o seguir adelante sin una disculpa. Ésta se siente rechazada o poco valorada. Entonces, ¿qué sentido tiene no pedir perdón? ¿Es porque no te arrepientes? ¿Porque no te importa el daño causado, o la persona afectada? A pesar del daño, ¿pesa más tu orgullo? Al no pedir perdón, estamos ofendiendo DOS veces.
El perdón es el mejor aliado que tenemos para ser felices. Al pedir disculpas, estamos diciendo que sentimos el daño que hemos causado, incluso aunque no lo hayamos hecho a adrede. Significa que nos hemos detenido a pensar en cómo puede haberse sentido esa otra persona por algo que hemos dicho o hecho; y es posible que hasta nos avergoncemos de ello. Así pues, después de disculparnos, seguramente ambas partes se sientan un poco mejor y se arreglen las cosas.
Resumiendo, cuando hacemos algo que no está bien necesitamos:
- Admitir el error. Sinceridad.
- No poner excusas. Aunque realmente tengamos buenas excusas que argumentar en nuestro favor, es mejor asumir la responsabilidad del error independientemente de lo que lo hubiera causado. Concentrémonos en solucionar el error, no en buscar culpables. Todos nos enfadamos con otras personas de vez en cuando. Enfadarse no es malo -y no es por lo que nos debemos disculpar- pero es importante saber decir por qué nos hemos enfadado. Cuando uno se enfada pega, da patadas, chilla, pierde el control, dice cosas desagradables, usa palabras duras, despreciativas o insultantes. Pero después probablemente te darás cuenta de que, incluso aunque tuvieras derecho a enfadarte, no te has comportado correctamente.
- No esperar a que sea demasiado tarde. Si uno demora en disculparse, pierde credibilidad y, al mismo tiempo, genera espacio para que otros hablen.
- Encontrar soluciones. Comprometernos. Disculparse es bueno, pero puede no bastar para que todo vuelva a ser como antes. A veces, junto con la disculpa, es necesario reparar el error o intentar no volverlo a hacer. Esto limpia el camino y permite volver a construir. A veces, tener un detalle con la persona después de disculparte ayuda a hacerle ver que lo sientes realmente y quieres recuperar el lazo que os unía.
- Aprender de los errores. Tratemos de obtener ideas que nos ayuden a mejorar.




